Capítulo 12.- Definir Felicidad.

Casi volvíamos a tener vacaciones, habían pasado 8 meses desde que mi hija Carmen vino al mundo, y crecía a un ritmo imparable. El día había pasado tranquilo, las dos en casa, jugando, viendo dibujos, dormidas la siesta en el sofá. Me gustaba mucho la forma en que me despertaba de la siesta, se ponía justo detrás de mí con torpeza y jugaba con mi pelo. Me desperté realmente y lo primero que hice fue achuchar a Carmen. Adoraba verle reír, se parecía mucho a mí eso es cierto, excepto cuando me miraba, por los ojos de su padre. Después de mimos varios, fuimos a preparar algo de merendar antes de que vinieran los varones de la familia.

Estábamos relajadas las dos, yo contestando correos con mi tablet sin dejar de vigilar a Carmen, que sentada a los pies del sofá jugaba. Tiró un dado con letras demasiado lejos, pero no me levanté porque estaba presenciando algo insólito. Mi niña se apoyó en el sofá ajena a mí, se puso de pie y lentamente cogiendo equilibrio daba pasos sin despegarse del sofá en dirección al objeto. En ese momento se abrió la puerta y se paró momentáneamente, sus hermanos pasaron corriendo hacia el jardín y su padre se quedó contemplándola. Carmen se despegó del sofá y fue corriendo torpemente hasta los brazos de Neithan que la cogía justo cuando se iba a caer.

- Con otra que hay que tener cuidado, ya sabe hasta correr. – dijo mi marido super orgulloso con la pequeña en brazos que no paraba de tocarle.
Me acerqué poniendo los brazos para coger a Carmen, Neithan me la retiró poniéndome la cara.
- Te pasas todo el día con ella, me toca a mí…por cierto ¿no hay nada para el hombre de la casa? – le besé, y dos manitas nos separaban.
- Voy a vigilar a ese par, a ver si hacemos los deberes. – y cuando me giré en dirección al jardín, sentí un manotazo en el culo. Al volverme muy indignada, él seguía sonriendo y por supuesto hizo que me volviera a sentir como una colegiala.

 

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Capítulo 11.- La vida sigue su curso.

Tenía que tomar una decisión, hubiera deseado hablar antes con Eddie o con Neithan al respecto, pero la urgencia de la que emanaban todos esos ojos a mi espalda no me daba opción, tenía que resolver el problema ahora mismo. Me volví hacia la junta de Tecnics Engineering, las vistas desde la ventana en este luminoso día en Nueva York me distrajeron momentáneamente.
- La alianza temporal con Defensa hace unos años, nos dejó claro que no se puede confiar en su palabra, ni si quiera por escrito. Mi voto es no, el General Manson dudo mucho que haya cambiado de carácter en este tiempo.- hubo murmullos, mi voto pesaba y no estaban de acuerdo, no todos. – Señores, que nos vuelvan a desear en el campo en el que hemos evolucionado gracias al señor Patrick Scott significa que vamos un paso por delante en el mercado…
- Y eso significa que por el momento estamos ganando mucho dinero con ello. – respondió Miles, sentenciando mi respuesta.

Hace casi tres años se puso las pilas, y dejó de ser el niño rico que le pide el dinero a papá, para convertirse en mi brazo derecho. Tuvimos nuestras diferencias, pero ya solucionadas con mi visión de la empresa, se terminó de unir a mi directiva. Como decía Neithan, “le has puesto de nuestro lado”. Además, nos compenetrábamos bien en los horarios, deseaba disfrutar de mi familia todo lo posible, que fuera la Directora ejecutiva de una gran empresa, no tenía porqué restarme tiempo de estar con mis enanos.

 

En la votación ganamos, y por ello solté un suspiro que tenía guardado. Los negocios iban por buen camino. Salimos de la reunión, Mariela nos esperaba casi en la puerta, con sendas tablet. En silencio cruzábamos pasillos mientras firmábamos digitalmente en dirección al despacho de los súper jefes, que ahora compartía con Miles. Era gracioso pensar que las mesas quedaban como antaño la que tenía con Jake, hasta que apareció Leo, enfrentadas, pero de las mismas dimensiones.

- Y te recuerdo que tienes cita con la doctora Wilson en una hora – dijo Mariela.

- Gracias, hemos terminado, puedes irte a casa – me sonrió.

Miré el reloj, se me estaba haciendo tarde. Le entregué la tablet, me despedí con un gesto de Miles que diligentemente seguía revisando papeleo en su escritorio y me dirigí a por mi coche en el sótano.

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Capítulo 10.- Cumpleaños.

Sujetaba un lienzo bastante ancho desde su parte de atrás. Los lazos rojos colgaban por todas partes, impidiendo ver el contenido. Por fortuna había cambiado esa cara de preocupación de hace unas horas, y creo que me dejaría hacer memorable este cumpleaños también. Después de mi resumen en dos palabras de mi segundo “despertar” creí que no lo comprendería, es más le vi cerrarse como una caja fuerte. Espero que con mis palabras y mis actos, de ahora en adelante comprenda lo que le amo, que es el único para mí, y que a partir de ahora significaría más la frase “sólo nosotros”.

Me ayudó a poner recto la pintura.
- ¿Puedo abrirlo? – tenía los ojos brillantes, parecía un niño la mañana de navidad. ¿Podría seguir sorprendiéndole siempre?
- Por supuesto.

Dejamos que el marco posara en la silla de mi tocador, y procedió a abrirlo mientras yo encendía la luz. Al terminar de arrancar los lazos se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, observando.
- Me ha ayudado Eddie, espero que te guste. – tiró de mi mano hasta ponerme de espaldas entre sus piernas, mientras besaba mi oído de vez en cuando, me decía cuándo y quiénes aparecían en el collage de fotos que le había regalado.
- Gracias, hacía mucho que no veía esas fotos y me gusta tenerlas en casa. – rodeó sus brazos atrapando mi cuerpo. Noté su sonrisa poco a poco y me volví. – ¿Quieres colgarlo tú? – me hice la ofendida sin estarlo realmente.
- Puede, aunque para motivarme necesito uno de esos “ataques” tuyos…- no era mi intención cuando caímos sobre la alfombra, mi comentario no era para satisfacer nada ahora mismo, pero conocía perfectamente lo que significaban esos besos, no necesitaba otra excusa, era su cumpleaños.

 

Me desperté algo pronto, hice tortitas para desayunar y se las llevé a la cama en una bandeja, con su café bien cargado y un zumo de naranja para cada uno. Sonreía según subía las escaleras, ahora que ya sabía la razón por la que el café me daba náuseas, lo controlaba mejor. La guinda estaba en un conjunto de encaje plateado, lo estaba estrenando para adornar el desayuno del hombre que cumpleaños.
La cara de asombro e incredulidad que puso cuando entré por la puerta, merecía la pena. ¿Cuánto tiempo le voy a dejar esperando la noticia? Lo tenía pensado y requetepensado, y opté por algo sencillo y de buen gusto. Pero ahora me arrepentía de dejarlo para el final ¿o no?
- Me atrevo a decir que el color es plata…o metalizado. – Dijo tímido y curioso mientras comía una tortita, una sonrisa amplia se adueñaba de mí. En nuestro juego si no acertaba con el color de mis prendas de encaje, no había trato. Al final siempre había tema, porque había “castigos” que consistían en no dejar que me tocase, pero había ido aguzando el ojo para los colores, a este paso tendría que comprarme una pantonera. (Muestrario medidor de colores que usan los diseñadores, para saber con precisión los componentes de un color).

- Mis felicitaciones, todo un acierto… ¿dígame, qué desea hacer? – esas cuatro últimas palabras las susurré cerca de su oído, acariciando con una mano desde su antebrazo hasta su hombro y terminando por el cuello.

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